Ciudades celtíberos-romanas de Soria


LOS ARÉVACOS



EL NOMBRE DE NUMANCIA: "PASTO EXTENSO". Una hipótesis dice que Numancia es una palabra de origen celta que deriva de “noma” o “numa” (pasto/s, con el mismo significado en latín y en griego) y “ancia” (amplio o extenso) y significaría “ciudad con pastos extensos”, muy propio de una sociedad en la que la ganadería ocupaba un papel fundamental en su economía. Una segunda posibilidad: Numancia derivaría de “(n)uma” (humedad, con la misma raíz en latín y en griego) y se traduciría como “ciudad húmeda”, en referencia a la proximidad de ríos caudalosos o territorio húmedo o con grandes nieblas. En una inscripción en una pieza cerámica leemos “nouantikum”, posiblemente un genitivo plural (“de los numantinos”).

Casa de Numancia, al lado de la muralla


UBICACIÓN GEOGRÁFICA. La ubicación de Numancia en el cerro de la Muela, en el término municipal de Garray, la sitúa en un lugar estratégico entre el Sistema Ibérico y el cuenca del Duero y su afluente el Merdancho, controlando la comunicación entre aquella cadena montañosa y el valle de estos ríos.

En época romana por aquí pasaba la vía XXVII del Itinerario de Antonino, que iba desde Zaragoza a Astorga, un eje de comunicación fundamental para el Imperio. En la Edad Media, ésta era zona de paso de los ganados que hacían la transhumancia hacia el sur durante los inviernos.

Durante mucho tiempo se perdió la noción de la situación de la ciudad. Se pensó que estaba en la provincia de Zamora hasta que en 1860 Eduardo Saavedra descubrió su verdadero emplazamiento. Anteriormente, fray Antonio de Guevara, en el siglo XVI, en una carta en la que hace referencia a si Numancia estaba en Zamora o Soria, se decide por esta segunda provincia y señala la localidad de Garray. Fue Adolf Schulten quien descubrió el emplazamiento de los campamentos romanos en torno a la ciudad. En 1906 comenzaron las excavaciones arqueológicas y continúan a día de hoy.

Útiles de trabajo. Numancia ocupa un lugar estratégico entre el Sistema Ibérico y el cuenca del Duero y su afluente el Merdancho, controlando la comunicación entre aquella cadena montañosa y el valle de estos ríos.


En época celtibérica, éste era un territorio muy boscoso, de pinares, sabinares y robledales. Apiano manifiesta que la ciudad “estaba rodeada de espesos bosques” y que el Duero, entonces navegable, servía como medio de comercio que los mercaderes utilizaban “en pequeños esquifes (...) con ayuda de velas, para transportar vino y cereal”. Numancia se ubicaba al lado de una gran laguna, que fue desecada a comienzos del siglo XIX para su uso con fines agrícolas.

Cartel informativo del Museo de Soria: “Numacia emerge sobre el amplio cerro de La Muela, Garray, en la confluencia de los ríos Duero, Tera y Merdancho, paso obligado entre la Serranía Norte y el valle del Duero. Al pie de la ciudad discurría la vía romana XXVII que desde Caesaraugusta (Zaragoza) se dirigía a Asturica (Asrtorga). El río Duero por Occidente y el Merdancho por oriente protegían la ciudad. Según el historiador romano Apiano, el río Duero era navegable en pequeñas barcas, con la ayuda de velas, y la ciudad estaba rodeada de espesos bosques y amplias zonas pantanosas.

El paisaje era de bosque abierto, constituido por pinares, acompañados de robledales y sabinares. A esto hay que añadir la existencia de pastizales y zonas de humedales en las proximidades, y una rica vegetación de ribera como la que existe todavía en los márgenes de los ríos.”

Los robledales proporcionaban bellotas en abundancia, uno de los pilares alimenticios de las gentes celtíberas. Los sabinares aportaban una madera de gran calidad, muy apreciada para la construcción. Ganado vacuno, caballar y vacuno encontraba fácil alimento en los pastizales que rodeaban la ciudad y en la vegetación de río. También era zona de animales salvajes, lo que favorecía la caza de ciervos, jabalíes, conejos, osos, lobos… Algunos peces, como las truchas, aparecen representados en las cerámicas numantinas.

Reproducción de un telar


A pesar de todo, el paisaje ya mostraba síntomas de retroceso y desecación, debido a la acción del hombre (deforestación para favorecer la agricultura).

Cartel informativo del Museo de Soria: “Los pueblos celtibéricos mantenían al comienzo de la Segunda Edad del Hierro una economía fundamentalmente pastoril, con ganado ovino y, en algunas zonas, bovino. De los ganados aprovechaban la carne, la leche (con la que hacían queso) y la lana (con la que confeccionaban prendas de abrigo, como el “sagum”). Los celtíberos tenían caballos domados y utilizaban abundantes asnos y mulos. La caza, la pesca y la recolección de frutos completaban su economía.

La incipiente agricultura de cereal fue ganando importancia hasta convertirse en la principal actividad económica, especialmente en la región vaccea y en el Valle del Ebro. Del trigo y la cebada obtenían harina y una bebida alcohólica, la “caelia”, extraída del cereal fermentado.

La metalurgia del hierro alcanzó un alto grado de desarrollo técnico. Las minas del Moncayo, explotadas desde el siglo V a.C., fueron un factor importante en la configuración de Celtiberia. El trabajo del bronce es notable, destacando la fabricación de broches de cinturón y fíbulas. La orfebrería, aunque escasa, es otra de las actividades d ellos pueblos celtíberos.”

Cartel informativo del Museo de Soria: “El hierro redujo el empleo del bronce a los objetos de adorno; no en vano comenzó entonces la orfebrería. (…) La actividad agrícola, como lo demuestran los aperos de labranza, el arado y el molino circular, fue aumentando. La sociedad comenzó a jerarquizarse y medida que crecían los poblados, en razón de las posesiones de ganado y tierra.”

La metalurgia del hierro alcanzó un alto grado de desarrollo técnico. Las minas del Moncayo, explotadas desde el siglo V a.C., fueron un factor importante en la configuración de Celtiberia.


LOS ARÉVACOS: "LA GENTE DEL VALLE DEL RÍO". Los arévacos son un pueblo celtíbero que ocupó el territorio entre el Sistema Ibérico y el valle del Duero en la Meseta, es decir, un territorio que se extiende por las actuales provincias de Burgos, Soria, Segovia, Guadalajara y La Rioja. Al oeste limitaban con los vacceos. Fue la más poderosa de las tribus celtíberas durante la llamada Segunda Edad del Hierro (del siglo V al II a.n.e.)

Cartel informativo del Museo de Soria: “La Edad del Hierro se define por la incorporación del nuevo metal o mejor de armas o instrumentos elaborados con el mismo. Acontecimiento que se sitúa convencionalmente hacia el 725 a.C. Su desarrollo se fija entre la fecha citada y el 133 a.C., año de la caída de Numancia en manos de los romanos, pudiendo advertirse a lo largo de ese tiempo dos etapas claramente diferenciadas.

En los comienzos de la más antigua, la Primera Edad del hierro, cabe fechar ciertas cerámicas excisas que, como las encontradas en Quintanar de Gormaz o Castilviejo de Yuba, se emparentan con las de los Campos de Urnas del Ebro y Bajo Aragón. Los castros sorianos, con sus característicos emplazamientos y sistemas defensivos, representan especialmente la cultura de esta fase en el territorio de la provincia. Desconocemos sus necrópolis, pero serían similares a las documentadas al sur del Duero (La Mercadera, Alpanseque o Almaluez) en las que se practicó la incineración individual. Unas y otras se fechan entre los siglos VI y IV a.C.

Cerámica de la Primera Edad del Hierro


Hacia el 400 a.C. puede darse por iniciada la Segunda Edad del Hierro, en la que, tras una breve fase llamada protoarévaca, se desarrolla la cultura celtibérica. Durante la misma se generaliza la metalurgia del hierro, se introduce el torno y el horno oxidante, que permitirán la elaboración de unas cerámicas características, así como la moneda y la escritura. A esta cultura pertenecen ciudades como Segontia Lanka, Tiermes y la misma Numancia.”

La palabra “arévaco” significa “la gente del valle del río” (haciendo alusión al Duero) y proviene del vasco “ara” (valle) e “iba” (río). Sus asentamientos se ubicaban sobre montículos fácilmente defendibles, con hasta 3 recintos amurallados. Sus ciudades eran independientes entre sí, sin ninguna relación orgánica entre ellas, verdaderas ciudades-Estado dirigidas por un régulo.

El enterramiento era por incineración, excepto para los guerreros, cuyos cadáveres eran expuestos para ser devorados por los buitres. La muerte en combate era la mayor gloria; morir de enfermedad era una especie de vergüenza.

Su dios principal era Lug, de origen celta. En las noche de luna llena realizaban bailes y rituales. Otra deidad conocida era Elman o Endovéllico. En fechas señaladas, acudían a unas cuevas que eran los lugares de culto, y depositaban exvotos para asegurar sus peticiones a los dioses.

maqueta de Numancia en el Museo de Soria. Su dios principal era Lug, de origen celta. En las noche de luna llena realizaban bailes y rituales.


Cartel informativo del Museo de Soria: “Uno de los aspectos más complejos de analizar dentro del ámbito cultural celtibérico es el de las creencias. Esta dificultad a la hora de estudiar las manifestaciones simbólico-religiosas deriva fundamentalmente de la escasez de datos proporcionados tanto por las fuentes literarias clásicas como por le registro arqueológico.

Pese a ello, uno de los ámbitos mejor conocidos es el de las divinidades. Partiendo de que la religión de los celtíberos era de naturaleza politeísta puede decirse que su panteón se encontraba constituido por distintos tipos de deidades, la mayoría de ellas documentadas a través de los teónimos indígenas presentes en las fuentes epigráficas.

En primer lugar, han de situarse los entes sacros de esencia pancéltica, es decir, aquellos cuyo culto fue compartido por todas las comunidades poseedoras de un sustrato cultural celta, Lug, las Matres, Epona. Según el análisis epigráfico e iconográfico parecen haber detentado una posición relevante dentro de esta agrupación. Lug, el más citado e importante de todos, se muestra como una deidad solar reuniendo en sí mismo todas las funciones. Por su parte, las Matres y Epona fueron divinidades de carácter femenino: las primeras, identificadas con la idea de fecundidad, y la segunda, con la protección a los difuntos, completarían este grupo de deidades. Otras, menos frecuentes en la epigrafía e iconografía, como Cernunnos, representado con astas de ciervo en la cabeza, símbolo de inmortalidad y feracidad, o como los dioses Sucellus, asimilado al lobo, y Aurón, entre otros.

Casa numantina (Museo de Soria). Lug, el más citado e importante de todos los dioses, se muestra como una deidad solar reuniendo en sí mismo todas las funciones. Por su parte, las Matres y Epona fueron divinidades de carácter femenino: las primeras, identificadas con la idea de fecundidad, y la segunda, con la protección a los difuntos


En segundo lugar, ha de considerarse parte integrante del panteón celtibérico un conjunto de dioses de carácter local asociados a elementos y accidentes naturales. Estos espacios no fueron identificados con dioses en sí mismos, sino con puntos de manifestación de la divinidad. Del mismo modo, también tuvieron importancia las deidades de carácter astral. El gran número de representaciones de discos solares y tetrasquelles pintados en las cerámicas celtibéricas o grabados en los cimientos de las viviendas así lo indica, teniendo todos ellos probablemente una función protectora de la morada y sus ocupantes.

En último término, es necesario tener en cuenta el grupo de divinidades de origen latino asimiladas a la esfera religiosa celtibérica como consecuencia de la interacción cultural producida entre ambos contingentes humanos. Así, dioses como Júpiter, Marte, Mercurio, Hércules o Apolo fueron objeto de asociaciones sincréticas en gran parte del territorio celtibérico.”

El vestido se hacía con lana, era oscuro, con capucha y pantalón.

Fueron grandes fabricantes de armas. Destacaban como tropas de infantería y de caballería. Como infantes, iban provistos de un pequeño escudo circular, dardo o lanza, honda, espada corta de doble filo (adoptada por los romanos, la famosa "gladus hispaniensis") y casco metálico. Como jinetes, iban con túnica corta, escudo al lado derecho del pecho del caballo, espada corta, una o dos lanzas y casco. Cuando era necesario, los jinetes descabalgaban y ayudaban a la infantería.

Familia celtibérica (Imagen: Wikipedia)


"Es famoso el adiestramiento de los caballos. Los hacían subir por fuertes pendientes y a detenerse de inmediato gracias a fuertes frenos de hierro. El empleo de la caballería fue más importante entre los arévacos que entre otras tribus celtibéricas. Dice Estrabón: “cría toda la Iberia… caballos monteses en abundancia…”, “los de Celtiberia son moteados o pintados de varios colores, y si los trasladan a la Hispania Ulterior mudan de color…”, “en agilidad y destreza para las carreras aventajan a los demás pueblos”. Por su parte, Silio Itálico se refiere a los caballos que cría Uxama (Osma, Soria): “…son fuertes para la guerra, en la que resisten largos años, y con su bravura apenas sufren el freno y obedecen a la voluntad del jinete”.

Su táctica militar era conocida entre los romanos como “concursare”, especie de guerra de guerrillas, que les permitía cambios rápidos de ataque y huida, sin dar tiempo al enemigo a reaccionar. Es proverbial la rapidez con que se movía la infantería arévaca. Esta táctica les dio gran maniobrabilidad y les proporcionaba grandes éxitos en barrancos, desfiladeros y zonas abruptas.

Apiano no dice que “sus habitantes eran excelentes jinetes e infantes (...) causaban grandes problemas a los romanos por su valor”. Las mujeres también participaban en la guerra. Diodoro define de esta manera a los celtíberos: "Este pueblo suministra para la guerra no solo una excelente caballería, sino también una infantería que destaca por su valor y capacidad de sufrimiento. Visten ásperas capas negras, cuya lana recuerda al fieltro. En cuanto a las armas, algunos celtíberos llevan escudos ligeros semejantes a los de los celtas y otros grandes escudos redondos del tamaño del aspis griego. Sobre sus piernas y espinillas trenzan bandas de pelo y cubren sus cabezas con cascos de bronce adornados de cimeras rojas. Llevan espadas de dos filos forjadas con excelente acero y también llevan, para el combate cuerpo a cuerpo, puñales de una cuarta de largo. Utilizan una técnica especial en la fabricación de sus armas. Entierran piezas de hierro y las dejan oxidar durante algún tiempo aprovechando solo el núcleo, con lo cual obtienen magníficas espadas y otras armas. Un arma fabricada de este modo corta cualquier cosa que encuentre en su camino, por lo cual no hay escudo, casco o cuerpo que resista su golpe...."

La táctica militar de los celtíberos era conocida entre los romanos como “concursare”, especie de guerra de guerrillas, que les permitía cambios rápidos de ataque y huida, sin dar tiempo al enemigo a reaccionar.



LOS PELENDONES, VECINOS DE LOS ARÉVACOS. Son un pueblo celtíbero que se extendió por el norte de Soria, SE de Burgos y SE de La Rioja. Limitaban con los árevacos por el sur y con los berones y austrigones por el norte. Vivían en castros, poblamiento típico de la cultura indoeuroea, ubicados en lugares estratégicos, amurallados y con un foso o piedras hincadas, de dimensiones reducidas. Sus casas eran circulares, aunque había algunas rectangulares. Vivían de la agricultura y la ganadería.

Su divinidad principal era el dios celta Dis Pater, relacionado con la luna. Otros dioses conocidos fueron Lugodes, Matres y Drusuna. Realizaban sus rituales en espacios al aire libre.

Las necrópolis corresponden a los campos de urnas. Los guerreros muertos se exponían para ser devorados por los buitres.

Biberón numantino


LA CULTURA CELTIBÉRICA. Cartel informativo del Museo de Soria: “Actualmente se considera que la cultura celtibérica responde a un fenómeno de aculturación resultado de adoptar algunas soluciones técnicas procedentes de la Cultura ibérica que llegaron, gracias a los contactos comerciales, a través de las vías naturales del Ebro y del Jalón, y hacia el interior de la Meseta por el valle del Duero. Comienza así un proceso que continuará hasta la conquista romana de la Península, afectando con desigual intensidad en función de la proximidad con el área ibérica y las rutas comerciales. Celtiberia es, por tanto, una región de límites imprecisos, donde hay que incluir, además de Arévacos y Pelendones (situados en el sector oriental de la Meseta), a Bellos, Titos y Lusones (en el valle del Jalón y la ribera del Ebro), y al pueblo Vacceo (en el occidente de la Meseta). (…) La lengua celtibérica tomó los signos del alfabeto ibérico, posibilitando así la escritura.”

Cartel informativo del Museo de Soria: “La lengua celtibérica es de origen céltico y pertenece a la gran familia lingüística indoeuropea, como otras lenguas célticas todavía habladas en la Islas Británicas y en la Bretaña francesa.

Los celtíberos adoptaron para su lengua los caracteres de la escritura que los íberos empleaban para transcribir su habla, de raíz no indoeuropea, con las diferencias fonéticas que esto conllevaba. De esta forma, el empleo del alfabeto ibérico dio origen a dos variantes de escritura, conocidas como celtíbero occidental y oriental, aunque con escasas diferencias entre ambas. Una de las peculiaridades de esta escritura es la combinar caracteres alfabéticos con silábicos.

Se desconoce desde cuando comenzó a hablarse. Lo que sí se sabe es que fue hacia el siglo II a.C. cuando se vieron en la necesidad de plasmar por escrito las leyes y los acuerdos suscritos entre poblaciones, a raíz del auge de su cultura y de sus ciudades.

De la lengua celtibérica tan sólo nos quedan unos cuantos testimonios que no permiten formar una imagen completa de ella. Por eso, en el estado en que se encuentran las investigaciones, esta escritura puede ser leída, peor no fácilmente traducida.

La escritura se empleó en numerosos y variados soportes que dieron lugar a diferentes tipos de inscripciones: grafitos en cerámicas, téseras de hospitalidad, inscripciones en piedra de carácter sepulcral o religioso, textos votivos, leyendas en monedas, así como alguna que otra gran inscripción en bronce.

En las cerámicas celtibéricas suelen aparecer nombres, signos o letras que aluden a su autor, al dueño o a su lugar de procedencia. Por eso, una vez cocidas, se grababan en lugares bien visibles como las paredes exteriores o en los bordes de jarras, tazas, platos y cuencos.”

Cerámica celtibérica


RITUAL DE ENTERRAMIENTO: INCINERACIÓN Y EXPOSICIÓN DE CADÁVERES. Eliano nos dice, hablando de los vacceos: "…dan sepultura en el fuego a los que mueren de enfermedad..., mas a los que pierden la vida en la guerra... los arrojan a los buitres, que estiman como animales sagrados". Silio Itálico: "Los celtíberos consideran un honor morir en el combate y un crimen quemar el cadáver del guerrero así muerto; pues creen que su alma remonta a los dioses del cielo, al devorar el cuerpo yacente el buitre". Por su parte, los niños pequeños se enterraban bajo el suelo de las viviendas.

El ritual de los guerreros caídos en combate y expuestos a los buitres consideraba a estos animales intermediarios entre los dioses y los hombres. El espíritu ascendía de esta forma a los cielos celtíberos, en un ritual que era considerado más puro que la incineración.

El enterramiento por incineración comenzaba con la quema del cadáver en una pira o “usrtrinum” a una temperatura entre 600 y 800 grados y el traslado de los restos y cenizas a un hoyo normalmente dentro de una vasija funeraria, acompañado de un ajuar con objetos personales del fallecido (armas, adornos, utensilios…). Las armas eran inutilizadas, “matadas”, así como algunos objetos como fíbulas o broches de cinturón, para que acompañasen al difunto por toda la eternidad. En el exterior de la tumba se colocaba una estela o una cubierta tumular. Junto a los enterramientos más suntuosos, con sus armas y adornos, podemos encontrar otros más sencillos, con decoración a base de canicas o agujas o, simplemente, sin ninguna clase de ajuar. La necrópolis descubierta en Numancia comprende 155 tumbas.

El enterramiento por incineración comenzaba con la quema del cadáver en una pira o “usrtrinum” a una temperatura entre 600 y 800 grados y el traslado de los restos y cenizas a un hoyo normalmente dentro de una vasija funeraria, acompañado de un ajuar con objetos personales del fallecido (armas, adornos, utensilios…).


Cartel informativo del Museo de Soria: “Los escritores de la antigüedad han transmitido un doble ritual de enterramiento entre los celtíberos: según Silo Itálico (3,340-343): “Los celtíberos consideraban un honor morir en el combate y un crimen quemar el cadáver del guerrero así muerto: pues creen que su alma remonta a los dioses del cielo, al devorar el cuerpo yacente el buitre”; y según Eliano (10,22), refiriéndose a los vacceos, “… dan sepultura en el fuego a los que mueren de enfermedad… mas a los que pierden la vida en la guerra… los arrojan a los buitres, que estiman como animales sagrados”.

El primer ritual, el más usual, consistía en la incineración del cadáver con su ajuar en un pira funeraria o “ustrinum”. Una vez finalizada la cremación, se recogían, previamente seleccionadas, las cenizas y restos óseos del difunto, introduciéndolos en un hoyo o, previamente, en una urna o vasija de cerámica. Junto a éste se depositaba el ajuar u objetos personales del difunto, compuesto de armas, elementos de adorno y utensilios. La tumba podía estar señalizada al exterior con una estela o cubierta tumular. Característico de las necrópolis celtibéricas es la inutilización intencionada del ajuar del difunto. Los objetos depositados en las tumbas aparecen doblados e inutilizados intencionadamente; con esta práctica se trataba de evitar la separación del difunto de sus objetos personales, a través de su “muerte ritual”; de esta manera, su espíritu acompañaba al difunto al más allá, como exponentes de su propia identidad.

Un segundo ritual estaba destinado a los que morían en combate. Sus cadáveres, depositados en determinados lugares, eran expuestos a los buitres, considerados como intermediarios entre dios y los hombres (psicopombos) y al descarnar el cuerpo transportaban su espíritu directamente a la deidad celeste. Este ritual era considerado más puro que la incineración, ya que evitaba el contacto con la tierra.

Los cadáveres de los que morían en combate eran expuestos a los buitres, considerados como intermediarios entre dios y los hombres


Por último, aparece documentado únicamente en el interior de los asentamientos, un tercer tipo de ritual funerario que afectaba a la población infantil. Consistía en la inhumación de los más pequeños, fallecidos prematuramente, bajo el suelo de las viviendas. Este acto parece encontrar su motivación en el hecho de que los niños no eran considerados parte integrante de la comunidad hasta su mayoría de edad: hasta entonces pertenecían sólo al ámbito familiar.